Desde una perspectiva socioeducativa, se plantea una concepción de apertura ante la acción pedagógica, dejando de lado la rigidez de la escuela que se plantea generalmente: como una institución dogmática, de la que sin más, debemos formar parte, para insertarnos efectivamente en la sociedad.
La acción educativa se plantea vinculada a la sociedad, la cultura, la política, y no aislada de estas. En función de ello, la educación propiamente dicha, no se limita a la transmisión de información de un emisor a un receptor, más concretamente, de maestro a alumno, sino que se va obteniendo a partir de la concepción del sujeto en un entorno que lo propicia.
Por lo anterior, puede inferirse la importancia que se le da a la individualidad de la persona, desde la perspectiva de poseer la capacidad de asumir roles de enseñante o de enseñado, sin necesariamente ser observado como un ser superior ante quien aprende de él.
Por lo tanto, la enseñanza sugiere una actividad que está lejos de figurar como imponente del aprendizaje; es más bien una actividad que surge de la conciencia del ser humano, descartando aprehensiones mecanizadas y privilegiando el análisis, la crítica, y en general, la participación activa del sujeto.
De hecho, se plantea la búsqueda de ideales que no solamente se centren en adquirir el conocimiento por adquirirlo, sino en el logro de habilidades e ideales sociales que permitan al individuo actuar en coherencia con el propio medio en el que actúa.
Por otro lado, refiriéndome al caso concreto del aprendizaje, este es adquirido de manera inconsecuente, no porque se deje a la deriva, sino por que dependerá, no de prescripciones rígidas, sino de la actuación y desenvolvimiento del sujeto en su entorno.
A partir de todo este marco, la concepción del hombre lo muestra como un agente activo ante las demandas sociales, que a su vez se vuelven individuales, pues le repercuten. Se le reconoce la capacidad de convivencialidad en plena libertad, de manera tal que se le permita organizarse para lograr su preparación para ser un individuo productivo, en pro de sí mismo, de los demás y de la sociedad en su conjunto.
Así pues, la práctica pedagógica se plantea a través de un trabajo colaborativo, que implica la colectividad y la convivencialidad, con lo que innegablemente se aportan los saberes de los que cada individuo dispone, para conformar la acción educativa.
Monica del Rocío Cervantes Velásquez pasante de sexto semestre de la Lic. en Asesoría Psicopedagógica de la Universidad de Autónoma de Aguascalientes.
La acción educativa se plantea vinculada a la sociedad, la cultura, la política, y no aislada de estas. En función de ello, la educación propiamente dicha, no se limita a la transmisión de información de un emisor a un receptor, más concretamente, de maestro a alumno, sino que se va obteniendo a partir de la concepción del sujeto en un entorno que lo propicia.
Por lo anterior, puede inferirse la importancia que se le da a la individualidad de la persona, desde la perspectiva de poseer la capacidad de asumir roles de enseñante o de enseñado, sin necesariamente ser observado como un ser superior ante quien aprende de él.
Por lo tanto, la enseñanza sugiere una actividad que está lejos de figurar como imponente del aprendizaje; es más bien una actividad que surge de la conciencia del ser humano, descartando aprehensiones mecanizadas y privilegiando el análisis, la crítica, y en general, la participación activa del sujeto.
De hecho, se plantea la búsqueda de ideales que no solamente se centren en adquirir el conocimiento por adquirirlo, sino en el logro de habilidades e ideales sociales que permitan al individuo actuar en coherencia con el propio medio en el que actúa.
Por otro lado, refiriéndome al caso concreto del aprendizaje, este es adquirido de manera inconsecuente, no porque se deje a la deriva, sino por que dependerá, no de prescripciones rígidas, sino de la actuación y desenvolvimiento del sujeto en su entorno.
A partir de todo este marco, la concepción del hombre lo muestra como un agente activo ante las demandas sociales, que a su vez se vuelven individuales, pues le repercuten. Se le reconoce la capacidad de convivencialidad en plena libertad, de manera tal que se le permita organizarse para lograr su preparación para ser un individuo productivo, en pro de sí mismo, de los demás y de la sociedad en su conjunto.
Así pues, la práctica pedagógica se plantea a través de un trabajo colaborativo, que implica la colectividad y la convivencialidad, con lo que innegablemente se aportan los saberes de los que cada individuo dispone, para conformar la acción educativa.
Monica del Rocío Cervantes Velásquez pasante de sexto semestre de la Lic. en Asesoría Psicopedagógica de la Universidad de Autónoma de Aguascalientes.
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